jueves, 12 de abril de 2012

Inauguración de exposición “Pulsiones al borde” del joven artista Jimmy Lara, el viernes 13 de abril

El viernes 13 de abril, a las 19h00, en la Sala de Arte Contemporáneo del Museo Municipal de Guayaquil, se inaugurará la exposición “Pulsiones al borde” del joven artista Jimmy Lara, ganador de la Bienal de Pintura Guayaquil.

“El estudio de la sique por Freud, fundado en el esquema helmholtziano del «sistema cerrado», supuso que hay “una cantidad fija de energía psíquica que, en situaciones óptimas, se distribuye de manera equilibrada y puede circular fácilmente pero que, a veces, cuando su movimiento se ve dificultado, bloqueado, desequilibrado, taponado, se fija o se concentra en algunas zonas provocando sufrimiento o fenómenos «patológicos»”. Así se explica la presencia de las célebres “pulsiones”, esas cargas energéticas que nunca se borran, sino que solo se redistribuyen, que se desplazan mediante singulares expedientes de remoción, sublimación o negación.

Esas “pulsiones” se relocalizan en los límites, en los bordes… y allí se atenúan o revitalizan, para reaparecer una y otra vez. Desde esos lugares, actúan como agentes de las crisis sicológicas. Y como no desaparecen, como no pueden ser borradas, no resulta fácil superar el padecimiento.

De cómo las pulsiones fueron llevadas a los bordes trata la interesante muestra del joven artista Jimmy Lara. Sus obras abordan el trauma causado por los desalojos en territorios ilegales de la periferia de la ciudad. Un suceso que no ha sido superado y que no puede ser borrado fácilmente. En la memoria individual y colectiva, el registro de lo ocurrido en aquellas jornadas sigue indeleble. A pesar de cualquier esfuerzo que los poderes ejercieran o ejerzan en esta dirección.

Desde los horizontes artísticos, y sin concesiones panfletarias, Lara emplea la fotografía como soporte básico de sus formulaciones. Tomadas en general de la prensa plana, las redes digitales o directamente, las fotos son sometidas a diversos e ingeniosos tratamientos que las difuminan y convierten en imágenes abstractas. Sin embargo, premeditadamente, estas conservan de algún modo el dramatismo del origen. De aquí esa suerte de movedizo desplazamiento entre las formas primordiales de la representación.

En bien diseñados montajes, las fotografías manipuladas remiten a la conocida estrategia de borrar los hechos, comúnmente ejercida desde los centros de poder. La extrema conversión de la foto en la tinta que la constituye como tal se presenta mediante el pertinente empleo del video. La ralentización de semejante disolución pone al espectador ante la tentativa límite de la desaparición misma de la imagen, y se traduce en una suerte de irónica “estetización” del traumático suceso.

Cuatro pinturas revelan diversos modos de referir las pulsiones en cuestión. En dos de ellas, un ejercicio de redibujar de las retículas cartográficas mediante procedimiento digital relocaliza las imágenes de los sectores marcados por la ilegalidad. Semejante reubicación apuntan a un premeditado “desalojo” de dichos sectores, a una deslocalización de los mismos, que altera las coordenadas de la visibilidad oficial de la ciudad.

Otras telas nos proponen supuestos “levantamientos” físicos de los enclaves demonizados y denotan el esfuerzo “tecnológico” por lograr su forzada desaparición.

Esto último queda subrayado por un sonido ambiente que marca toda la muestra, en el que el ruido de máquinas en plena faena opera en zonas de inquietante ambigüedad.

La manipulación de la imagen es ya una reconocida fórmula en el arte contemporáneo. Con intereses diversos y desde variadas perspectivas estéticas, gracias a este artificio, la imagen es resignificada, se le concede un nuevo sentido. Se ha verificado que ellas son –según Douglas Crimp- «estructuras de significación: debajo de cada imagen siempre hay otra imagen».

Las sugerentes manipulaciones de Jimmy Lara nos persuaden de la vitalidad de un proceder que enfatiza la criticidad, sin que resulte en este caso una forma de esa complicidad a la que se refieren hoy algunas negativas revalorizaciones actuales. Y es que el artista no se sitúa aquí en el plano convencional de la “apropiación” como propuesta estética, sino que su ejercicio se desplaza hacia una zona conflictiva en sí misma: el espacio de lo pulsional y las tentativas de su aparente solución (o disolución) desde los entramados dominantes.

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